Así que por esto a este delincuente le rajaba el hoyo la iglesia.
Yekaterina Geladze, la madre de Stalin, era profundamente religiosa y soñaba con que su hijo se convirtiera en sacerdote u obispo. Gracias a su empeño, Lósif Stalin ingresó en 1894 al Seminario Ortodoxo de Tiflis, una de las instituciones religiosas más estrictas del Imperio ruso. Allí recibió una formación clásica en teología, liturgia, latín, griego y canto sacro, en un ambiente marcado por la disciplina severa y el autoritarismo clerical.
Paradójicamente, ese mismo seminario fue el lugar donde Stalin comenzó a rebelarse. Leía literatura prohibida, organizaba círculos de discusión y cuestionaba abiertamente la autoridad religiosa. Fue castigado repetidas veces y finalmente expulsado en 1899, oficialmente por ausencias injustificadas. En realidad, su conducta intelectual era ya abiertamente subversiva. El contacto con ideas racionalistas, científicas y revolucionarias minó su fe y convirtió la religión —a sus ojos— en una herramienta de control más que de verdad espiritual.
Su ateísmo no fue solo una reacción personal, sino también ideológica. Stalin abrazó el marxismo, que concebía la religión como “el opio del pueblo”, una ilusión que consolaba el sufrimiento sin transformarlo. La Iglesia que su madre veneraba pasó a simbolizar, para él, el viejo orden que debía ser destruido. La ironía histórica es poderosa: el niño destinado al altar terminó persiguiendo a la religión desde el poder, transformando la fe de su infancia en uno de los enemigos del Estado soviético.